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DIACONADO PERMANENTE BOLETINES Y ARTÍCULOS
FECHA: 16 DE JULIO DE 2002 EDICIÓN No: 22 EL DIÁCONO PERMANENTE: SU DIMENSIÓN HUMANA POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director
La dimensión humana es uno de los pilares de la formación del diácono permanente, ya que, como todos los hombres y mujeres, cuenta con la estructura natural que le aporta sus primeros y principales elementos en su conformación personal: el carácter, el temperamento, su personalidad, sus valores humanos y sus múltiples cualidades; que son las riquezas personales que trae por el hecho de recibir de Dios el don estimable de la vida humana. Esta dimensión tiene que asumirla en un proyecto de vida que le permita alcanzar la realización propia en la búsqueda de la felicidad y encontrar en el ejercicio de sus acciones, la concretización del ideal deseado, siempre y cuando lo proyecte y lo viva en apertura hacia los otros. En esta alteridad, encuentra la riqueza interior y exterior de los demás que son siempre un elemento determinante para responder a cuanto se propone el hombre y desee alcanzar. El Diácono tiene en primera instancia a su esposa con la que vive y experimenta la primera llamada de Dios a un estado de vida en que se pone en ejercicio las capacidades, los valores y carismas para la vida. En segundo lugar tiene la oportunidad de descubrir la vocación al matrimonio y a la familia, ella, es la escuela del más rico humanismo. Y por último descubre una nueva vocación y llamada a realizar un servicio de Iglesia, como ministro de Cristo. En este proyecto humano, está el trabajo, del cual devenga el sustento necesario para sostener a su esposa y responder a las necesidades prioritarias de la familia; allí se encuentra consigo mismo en el desarrollo de su profesión u oficio, dispuesto a conseguir las metas propuestas de manera optimista y creyente. La dimensión humana es múltiple en las relaciones derivadas del encuentro con el otro, necesarias para alcanzar a descubrir la importancia de un servicio a la Iglesia, que corresponde a una llamada de Dios al hombre en sus condiciones humanas normales. Desde allí siente el deseo de servir a la manera de Cristo a los más pobres. El hombre que siente y descubre esta vocación, será como un Cristo cuyo rostro se acerca al más necesitado, al que sufre, al pobre, a la oveja perdida y al pecador; dejando en cada persona la vía abierta hacia Jesús y permitiendo ser instrumento de Él, que sigue acercando al que necesita de su gracia y salvación El Diácono Permanente se hace siervo en el encuentro humano, con su prójimo, con su hermano y con su familia; se hace humano siendo sensible a los marginados, aquellos que no tienen puesto ni tienen voz, en una sociedad que los margina y les niega toda clase de derechos. Allí tiene el Diácono su campo de acción y de presencia religiosa. El Diácono Permanente, descubrirá que su dimensión humana se complementa y se realiza en plenitud cuando se acerca al preso, al desplazado, al indigente, al mendigo y al hombre que es imagen y semejanza de Dios y vive en adversidad y en necesidad. Cristo se acercó al samaritano, a la adúltera, a los leprosos, a las prostitutas, a los pecadores y para con todos tuvo una palabra, una actitud cercana, paciente, tolerante y amorosa, perdonó a los pecadores y le devolvió al hombre y a la mujer su dignidad primera. La dimensión humana es la mas importante en el crecimiento del diácono, ya que ella es la expresión más cercana a los creyentes de su fe y de su vida interior, de su conocimiento en las ciencias sagradas y de su entrega en la vida pastoral. FECHA: 30 DE JULIO DE 2002 EDICIÓN No: 23
EL DIÁCONO PERMANENTE: SU DIMENSIÓN ESPIRITUAL
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director
Este pilar de la formación es igualmente importante al que habíamos reflexionado la semana anterior, pues ésta área es la que talla y esculpe en la vida de los candidatos al diaconado permanente la dimensión interior de Cristo Siervo. El futuro diácono permanente recibe de Dios la vocación al matrimonio, de la cual saca los elementos propios de la espiritualidad matrimonial, vive de ella y siente profundamente su orientación hacia la santidad de un estado de vida compartido en el amor y en la entrega cotidiana a su esposa e hijos. Ésta espiritualidad matrimonial es necesaria para emprender un proyecto de vida en comunión con el ser que se ama y al cual se dedica toda la vida; sería imposible vivirlo santamente si no es por medio de la gracia de la fidelidad, de la unidad y de la indisolubilidad; que son las características más profundas y propias del sacramento del matrimonio. La vida matrimonial llena de gracia y madurada en la vida diaria, es el mejor espacio para descubrir una nueva vocación de amor y de entrega al Señor, dejándose seducir por la llamada nueva de Dios, a constituirlo ministro para el servicio a Jesucristo en la Iglesia, mediante el servicio a la Palabra, a la Liturgia y a la Caridad. Este llamado no es posible escucharlo, sino desde la apertura a Dios en una vida cristiana auténtica, expresada en una participación frecuente de los sacramentos, en una oración diaria que sea firme, constante y fecunda en la edificación del Reino de Dios para sí y para los otros. Ésta vocación del diaconado permanente, requiere de un crecimiento espiritual por parte del diácono, quien está inserto en una comunidad, de allí extrae con su presencia los elementos necesarios para aumentar su vocación, animar su labor apostólica y adquirir un perfil de servicio; lo anterior es el alimento fecundo para vivenciar su ministerio que lo configura día a día con Cristo en su dimensión de siervo, siendo testimonio y anuncio de la Palabra. Toda la espiritualidad está orientada a la consecución de la configuración con Cristo Siervo, aquel que da la vida, que se hace el último y servidor de todos, que se entrega en la cruz para rescatar al hombre del pecado y de la muerte. En el diácono su espiritualidad está impresa esa dimensión de mártir en la cual encontrará el aliciente necesario de cada día para no detenerse en la respuesta al Señor que lo llamó desde el bautismo y en el matrimonio a la vocación de ser diácono, siervo de Cristo y Santo. FECHA: 13 DE AGOSTO DE 2002 EDICIÓN No: 24
EL DIÁCONO PERMANENTE: SU DIMENSIÓN ACADÉMICA
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director Este pilar de la formación unido a la dimensión humana y espiritual, de la que hemos venido comentando se convierte en un elemento determinante de la formación del futuro diácono permanente. Dicha formación se realiza en cuatro años de conocimientos en las disciplinas filosóficas y teológicas, además del estudio en ciencias humanas y en áreas de la pastoral; con el fin de que el diácono pueda hacer un puente de lectura entre el pensamiento contemporáneo y la iluminación de la realidad en la que vive el hombre urbano y rural. Esta lectura es interpretación de los signos de los tiempos, a la luz de Cristo, de su mensaje, de su predicación y de sus enseñanzas morales; para mostrar al hombre un nuevo camino de esperanza en la realización de su vida inmanente y trascendente. El diácono permanente, trae un bagaje de conocimientos que le son propios a su carrera civil y llega también con experiencias, que debe poner al servicio de la nueva dimensión de formación para permitirle dar razón de las corrientes de pensamiento contemporáneo, entrando así a reflexionar sobre lo que es el hombre y sus implicaciones, sus perspectivas, sus problemas y angustias a la luz del misterio redentor de Cristo. El área académica es exigente, está llena de elementos que darán al candidato en formación lo necesario para alcanzar la madurez necesaria en la posible ejercitación de un ministerio, con los conocimientos básicos y propios para su servicio en la Iglesia. Ésta dimensión crea además horizontes de especialización que le permiten adelantar otros estudios y entrar además en áreas de formación determinantes para una mejor expresión de su actividad y misión en el contexto de la pastoral y de la evangelización. La Sagrada Escritura coloca al candidato en el ámbito de la historia de la salvación y del querer y voluntad de Dios en el misterio insondable de la Creación, Redención y Santificación del hombre. El dogma lo acerca a la reflexión teológica y da los elementos necesarios para conocer los Concilios, la doctrina señalada y anunciada por la Iglesia. En la teología moral encuentra toda una riqueza de pensamiento y de valoración de los actos humanos con los cuales da respuesta a la vocación de santidad. Las otras áreas buscan capacitarlos para crecer y conocer las disciplinas que abren nuevos espacios de conocimiento y de aplicación en el campo pastoral. Son tantos los elementos, que el diácono permanente tendrá que aprender y dar razón de ellos en la nueva vida, en la cual, desarrollara su ministerio, inserto en las estructuras del mundo y del hombre.
FECHA: 27 DE AGOSTO DE 2002 EDICIÓN No: 25 EL DIÁCONO PERMANENTE: SU DIMENSIÓN PASTORAL
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director
El cristiano por su condición bautismal está llamado a anunciar a Cristo con su palabra y con su vida, es un testigo de la fe entre sus hermanos a quienes tiene que llevar el mensaje del Reino de Dios y la salvación obrada en Cristo Jesús. Pero quienes se preparan al ministerio diaconal, además de las obligaciones bautismales, tienen el deber de proyectarse en la dimensión misionera de la Iglesia, evangelizando al Pueblo de Dios, animando y formando hacia los sacramentos, y en especial hacia la Eucaristía; que es el centro y la fuente de alimento del evangelizador y así poder llevar a Jesús entre sus hermanos. La dimensión pastoral, esta dada con fundamento desde la misión caritativa de Jesús, desde la actitud de Jesús que elige a los pobres, a los sencillos de corazón y con su predilección los hace destinatarios del Reino. Los diáconos permanentes, se consagran para un ministerio propio. Quizá algunos puedan pensar que lo mismo que hace el diácono, lo hace cualquier cristiano y es verdad, pero hay una diferencia en la entrega: El diácono, tiene la consagración a este ministerio, que lo llena de gracia y que se ejercita en la entrega a la manera del Siervo de Dios, que sirve y da la vida por vocación y configuración con el estado al que ha sido llamado. El diácono desde la Escuela de formación, comienza a sentir muy de cerca la responsabilidad de Iglesia de llevar el mensaje de Cristo Resucitado hasta el último confín de la tierra. Allí se experimenta la gracia y también se determina la naturaleza por excelencia de todos los ministerios, los cuales son dados para ser enviados entre sus hermanos. El diácono es enviado en nombre de la Iglesia y debe llevar a los más desfavorecidos, los más necesitados, el mensaje del primer anuncio y luego hacer un retorno para evangelizar y formar. Las tareas del diácono en la Escuela son ante todo un acompañamiento y una animación, tienen mucho que aprender en el ámbito de su primer responsabilidad, llegar hasta las veredas de la Calera y allí ejercitar su dimensión cristiana llena de fe y de amor; elegida de Dios para vivir la vida matrimonial y familiar. A ellos les llego el kerigma y el ministerio del Resucitado, en la gracia de su vocación bautismal y matrimonial, así mismo llega la gracia del sagrado ministerio en bien de la evangelización. Luego de hacer una experiencia en la Calera, llevan a las pastorales especializadas sus conocimientos y su entrega; haciendo un camino lento en la formación propia a dicha pastoral y luego ejercitándose en ella. El diácono tendrá finalmente un campo de acción pastoral que le asigna el Obispo y allí vive los tres pilares de su ministerio: Liturgia, Palabra y Caridad. En búsqueda de ser santo con los suyos y entre los fieles de las comunidad. Con ésta entrega se terminan las dimensiones de la formación del diácono permanente, nuestras próximas publicaciones estarán de frente a los pilares del ministerio.
FECHA: 10 DE SEPTIEMBRE DE 2002 EDICIÓN No: 26 SER Y MISIÓN DEL DIÁCONO PERMANENTE - Dimensión Litúrgica
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director
“...Confortados con la gracia sacramental, en comunión con el obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la Liturgia, de la Palabra y de la Caridad”. L.G. 29. Estas dimensiones del ministerio hacen que el diácono permanente tenga en la Iglesia una tarea a realizar que le es propia de su condición como ministro consagrado y que es propia de quien está en el tercer grado de la jerarquía. La dimensión litúrgica, es la que nos ocupa en esta primera entrega de tres reflexiones sobre las dimensiones del ministerio diaconal: “Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucarsitía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, y llevar el viático a los moribundos”. L. G. 29 En este ámbito de servicio a la liturgia, el diácono permanente encontrará la primera fuente de su vida espiritual donde el ministerio recibido se actualiza y se renueva a la luz de la fe y recibe gracia para sí y para los demás. Esta dimensión constituye el eje central de su crecimiento espiritual, que nace de una profunda animación de la vida en comunión con Dios, con la Iglesia y consigo mismo; prepara a los fieles de la Iglesia y los va conduciendo a la celebración de la fe en la vida de los sacramentos. El diácono permanente en ésta dimensión es un testigo fiel de su configuración con Cristo Siervo, que sirve y da la vida entregándose a sus hermanos. La dimensión litúrgica se constituye diariamente en un espacio para celebrar la propia fe, la de su esposa y la de su familia; con una proyección de descubrir, en el caminar de cada día, la grandeza de la vocación recibida y nacida en la gracia de la vida matrimonial sacramental: lugar donde el esposo oye la voz de Dios y la comparte en primera instancia con su esposa e hijos y luego con la comunidad cristiana. El diácono permanente de acuerdo a la naturaleza de los sacramentos que están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios. Tiene la obligación de preparar y formar a los fieles laicos en esta dimensión para que participen plenamente del misterio de la fe. Por último la celebración de la liturgia de las horas hace que el diácono permanente entre en una tarea fundamental, que consiste en: ser el orante en comunión con el obispo y su presbiterio. Ofrecer la oración por la santidad de la Iglesia desde la Lectio Divina. Practicar la devoción mariana y popular, lo cual le permitirá estar siempre en ambiente que lo lleva a la vida litúrgica y que expresa su carácter en verdadera unión con Jesucristo.
FECHA: 24 DE SEPTIEMBRE DE 2002 EDICIÓN No: 27 DIMENSIÓN DE LA CARIDAD
POR: ALIRIO LÓPEZ AGUILERA, Pbro. Miembro del Consejo La conexión entre las ofrendas de caridad y la celebración eucarística se afirma desde el principio de la época apostólica. Así como la Palabra de Dios pide nuestra respuesta, del mismo modo el don de la vida que Dios nos hace en Jesucristo pide nuestros propios dones, los asume y los transfigura. He aquí porque se juntarán siempre las ofrendas de los fieles, a la ofrenda sacramental del cuerpo “entregado por todos”. Esta función mantiene en toda su actividad de caridad (en nuestra Diakonía) su pleno valor cristiano. La caridad no es plenamente cristiana sino cuando responde al don absoluto y total que Dios nos hace en Jesucristo y que Jesucristo nos hace de ÉL mismo. Los ministerios cristianos son solamente una participación, en la diaconía total que Jesucristo realizó por Dios y por el mundo. Ejerciendo cada uno según su vocación, tomamos nuestro lugar en el plano de la gran salvación universal de la cual Cristo es el principio absoluto. Los cristianos deben en el ejercicio de la caridad, conservar su función de realizadora de la unidad y de edificación del Cuerpo de Cristo. Todo esto exige que el servicio caritativo de la Iglesia sea íntimamente asociado al servicio litúrgico y eucarístico. La comunidad de caridad no se reúne sólo alrededor del altar y del sacerdote, no es sólo mediador de la oración y de los sacramentos, sino el centro, el presidente, el catalizador de una verdadera comunidad. El diácono debe llevar a la comunidad a realizar y a manifestar la unión que existe entre la diaconía de la caridad y la diaconía de alabar la eucaristía. Tal unión tendrá valor de testimonio y así anuncia la unión, no sólo entre la diaconía litúrgica y la diaconía caritativa, sino entre estas dos conjuntas y la diaconía de la Palabra. La evangelización no se hará sólo por sí misma, sino por el servicio, por el culto y por el testimonio que una comunidad da, en el hecho mismo de su propia existencia y autenticidad. Aquí está la unión entre diaconía litúrgica, caritativa y de la Palabra. La vocación del diácono consiste en unir en un ministerio concreto y próximo a los hombres, la predicación de la Salvación, su celebración sacramental y las actividades del ÁGAPE CRISTIANO. El ejercicio de la caridad, sintetizado en la expresión “servicio de las mesas (Cfr. Hechos 6 ss.) es la principal perspectiva del diaconado en la Iglesia primitiva. El diácono debe distinguirse por grandes cualidades, como: * la fuerza de voluntad, * la benevolencia, * la misericordia y * la solicitud por las viudas y los pobres. El gran ministerio de los diáconos en los inicios de la Iglesia, es caritativo, aunque éste sea ministerio de toda la Iglesia. El Concilio Vaticano II recuerda esta función en el propio texto de la restauración del diaconado: “Dedicado a los oficios de la caridad y de la administración, recuérdense los diáconos del consejo del Bienaventurado Policarpo: “misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme la voluntad del Señor porque se hizo servidor de todos” (LG.9). En el rito de ordenación de los diáconos el Obispo dice: “los diáconos ejercerán el servicio de la caridad en nombre del Obispo y del párroco...” (rito de ordenación de los diáconos No. 14). El Papa Juan Pablo II, en su alocución del 13 de octubre de 1993 afirma: “otra función de los diáconos es la caritativa, que comporta también un oportuno servicio en la administración de los bienes y en las obras de caridad de la Iglesia.” En el discurso del 19 de febrero del 2000 durante el encuentro de los diáconos permanentes con ocasión del Jubileo el Papa dice: “Así mismo, con razón os comprometéis a vivir el servicio litúrgico de modo inseparable con el de la caridad en sus expresiones concretas. Esto muestra que el signo de amor evangélico no se puede reducir a lo que se llama solidaridad, sino que es consecuencia coherente del misterio eucarístico”. La caridad es servicio y el servicio es caridad.
FECHA: 8 DE OCTUBRE DE 2002 EDICIÓN No: 28
DIMENSIÓN DE LA PALABRA
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director
Uno de los frutos del Concilio Vaticano II fue el restablecimiento del Diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía (L.G. 29), ésta constitución sobre la Iglesia nos muestra sencillamente los tres pilares del ministerio diaconal: Liturgia, Palabra (predicación) y Caridad. En las entregas anteriores hemos podido reflexionar los pilares de la liturgia y de la caridad, hoy quisiéramos detenernos en el ministerio de la Palabra; el diácono podrá leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo de Dios. En su grado el diácono personifica a Cristo, Siervo del Padre, compartiendo la triple función del sacramento del Orden: es maestro, porque proclama y explica la Palabra de Dios; es santificador, pues administra los sacramentos que le son propios a su condición y los sacramentales; y es guía, pues anima comunidades eclesiales. Desde el punto de vista de su servicio a la Palabra, el diácono es un catequista cuya responsabilidad es hacer que los niños, los jóvenes y los adultos se adentren en el misterio de la fe. La tarea de la evangelización pide a los diáconos que se dediquen a dar el primer anuncio de Cristo muerto y resucitado y luego hagan una interiorización de este misterio. El diácono es un animador de la difusión de la Palabra en el núcleo de la comunidad, ya partiendo de los pequeños grupos y centrando su acción en la enseñanza de la misma. Será necesario sobretodo el estudio continuo y diario de la Palabra de Dios, de la Teología, de las enseñanzas de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana, según las directrices establecidas para la interpretación –hermenéutica- y exégesis de la Palabra. La Palabra prepara los sacramentos y lleva a un compromiso permanente del diácono en la comunión y participación con la Iglesia, de la cual se hace su servidor y a la manera de los primeros diáconos la Palabra se vuelve el elemento dinamizador de su acción litúrgica y caritativa.
FECHA: 22 DE OCTUBRE DE 2002 EDICIÓN No: 29
FORMACIÓN DE LAS ESPOSAS
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. Director Habiendo reflexionado sobre las dimensiones y pilares de la formación y ministerio del candidato al diaconado permanente, no puede olvidarse la importancia que tiene dentro del proceso, la esposa, ya que ella constituye el soporte afectivo, humano, espiritual y moral del diacono esposo. Así mismo debe destacarse la vinculación sacramental, ya que son una sola carne. La formación de la esposa, constituye para la Comisión Ejecutiva, la preocupación más importante, ya que formar a la esposa es permitirle que tenga los elementos necesarios para acompañar al esposo en el camino de respuesta a la vocación que el Señor le ha regalado para servir a la Iglesia. Tenemos bien claro que la esposa no accede a la ordenación diaconal, no por esto deja de ser importante su presencia, su formación y su compromiso en la vida y ministerio del esposo diácono. La esposa formada garantiza al Programa, al ministerio y a la vocación del diácono: - Compañía en el servicio y en la entrega - Razón de la esperanza - Servicio a los pobres y necesitados (dimensión caritativa) La formación de la esposa en las cuatro dimensiones propias del proceso se caracterizan por: En el Área Humana: Constituye el crecimiento en valores humanos y cristianos, madurez afectiva y equilibrio psicofísico, que pueda ser el sustrato necesario de cuanto tendrá que crecer la esposa para acompañar ese servicio diaconal de su esposo en bien del pueblo de Dios. Ella será también puente de crecimiento en las relaciones familia diaconal y comunidad cristiana. En el Área Espiritual: La esposa a través de talleres de oración, de retiros espirituales, de conferencias sobre el desarrollo espiritual y el proyecto de vida del cristiano; alcanza un nivel de crecimiento en el sacramento del orden y prepara el fundamento del desarrollo espiritual como esposa de un diácono. En el Área Académica: Consiste en un pénsum propio fundado en la Sagrada Escritura abierto a las áreas de la teología dogmática, moral, liturgia, pastoral y las ciencias humanas: psicología y orientación familiar. En el Área Pastoral: Es la expresión concreta del compromiso cristiano del bautizado. La esposa del diácono permanente tiene una tarea, un papel y una misión que la colocan en toda su expresión como colaboradora con su palabra y testimonio de vida en el camino de ser apoyo a la vocación de servicio de su esposo. Finalmente, la esposa con su formación anima y forma a los hijos en todo el espíritu de la llamada y de la respuesta de su esposo y padre, abierto a los desafíos y retos de la Iglesia Arquidiocesana.
FECHA: 5 DE NOVIEMBRE DE 2002 EDICIÓN No: 30
UN MINISTRO CON IDENTIDAD PROPIA MENSAJE A LOS SACERDOTES ....
POR: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. DirectorQuién puede detener la acción del Espíritu Santo en esta apertura de la Iglesia Arquidiocesana al Diaconado Permanente. Quién puede colocarse al margen del Concilio Vaticano II, cuando en la Constitución “Lumen Gentium”, se restaura el Diaconado Permanente, en armónica continuidad con la antigua tradición de la Iglesia, cuando aquel florecimiento de los primeros siglos hizo tanto bien a la comunidad cristiana y fue declinando por múltiples situaciones. Hoy después de muchos siglos es restaurado como grado inferior de la jerarquía y con la imposición de manos reciben los diáconos un ministerio permanente “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio”. Ciertamente se inscribe este hecho dentro de un nuevo modelo eclesial propuesto por el Vaticano II, con todas sus implicaciones de cambio y de renovación pastoral. La instauración del Diaconado Permanente, es una herencia inestimable del Concilio que tiene como finalidad promover un verdadero espíritu de servicio en la Iglesia. Es la forma como ella quiso expresarse a sí misma como servidora del hombre, identificándose plenamente con el estilo de Jesús, quien “no vino a ser servido, sino a servir” (Mc. 10, 45). Esta riqueza extraordinaria de la Iglesia recobra una significación muy profunda al terminar este siglo que coloca las bases de la selección, formación e integración de los Diáconos Permanentes en la Iglesia Arquidiocesana como nueva fuerza pastoral del nuevo milenio. Vale la pena darle pleno reconocimiento, aceptación y apoyo al Programa que va a generar en la Arquidiócesis un auxilio y ayuda pastoral a los Presbíteros y a los Obispos en las distintas comunidades parroquiales y en las pastorales especializadas. Para comprender la ubicación del Diácono Permanente en la Iglesia, hay que decir que no es un acólito grande que acompaña a los sacerdotes, no es un sustituto del sacerdote, no es cura a medio camino, es un ministro con una identidad propia, con un ministerio permanente, con una gracia sacramental conferida por el sacramento del orden que recibe y que está en el tercer grado de la jerarquía, con una misión y finalmente con un ministerio de servicio propio. El ministerio de servicio se ubica en tres diaconías de la vida de la Iglesia: Caritativa, litúrgica y profética. Estamos seguros que en la misma medida en que el corazón de los sacerdotes se abra a la grandeza de este ministerio permanente para hombres casados, se encontrará con mayor horizonte las posibilidades de desarrollo y ubicación de los diáconos casados. Esta instauración del Diaconado Permanente en Bogotá, nos permite sentir una Iglesia viva que al concluir el Sínodo Arquidiocesano está abierta al cambio, a la renovación y al compromiso de todas las fuerzas vivas empeñadas en el anuncio de Cristo y en la instauración del reino de Dios. Proponer el camino al ministerio del Diaconado Permanente es una obligación moral como pastores del Pueblo de Dios.
FECHA: 19 DE NOVIEMBRE DE 2002 EDICIÓN No: 31 EL DIACONADO PERMANENTE VALE LA PENA, AUNQUE USTED LO DUDE ...
POR: + AGUSTIN OTERO, o.a.r.Obispo Auxiliar de Bogotá Delegado Arzobispal para el Diaconado Permanente
Somos ya ocho millones de habitantes, mal contados, por supuesto. Tenemos más de trescientas setenta parroquias y aún faltan varias por crear. Más de seiscientas comunidades de religiosos y religiosas y más sociedades de vida común que trabajan afanosamente en muchos rincones de nuestras parroquias. A esta lista añadimos universidades, colegios, centros de estudios, obras asistenciales y toda la pléyade de actividades que hacen palpable y vigorosa la vida de la Iglesia por doquier. Apareció en el horizonte de la Iglesia universal, nuevamente la institución del Diaconado Permanente como uno de los grados del sacramento del Orden. Es una esperanza para la Arquidiócesis. Es la realización de la vocación personal hecha a personas concretas y con una misión señalada específicamente por la Iglesia a través del Obispo. Saludo a todos nuestros párrocos. Los invito a que dejen el escepticismo hacia el Diaconado Permanente para los casados. Abran las puertas de sus casas curales para que así nos dejémonos complementar en aquello que nosotros no alcanzamos a hacer, o no sabemos cómo, o no tenemos el recurso humano que se comprometa. Vamos caminando por un sendero muy hermoso en la Arquidiócesis de Bogotá. Ya trabajan algunos diáconos en sus respectivas parroquias. Los candidatos atienden desde hace varios años algunas necesidades pastorales en varias de las treinta y seis veredas en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario en el municipio de la Calera y en el último año en Soacha - Bosa y Ciudad Bolívar. Complementan la acción del párroco en varias tareas litúrgicas y otras humanitarias que de otra forma nunca pueden atender ni el obispo ni el cura. Tienen dificultades económicas, de disponibilidad, pero a pesar de eso ahí van. Los estudios son difíciles arduos y largos. Las esposas, los hijos, el conseguir el dinero para atender las obligaciones apremia y presiona.
FECHA: 3 DE DICIEMBRE DE 2002 EDICIÓN No: 32 LUMEN GENTIUM NO. 29 Y EL DIACONADO PERMANENTE
POR: ALIRIO LÓPEZ AGUILERA, Pbro. Miembro del Consejo
Iniciemos la reflexión a partir de lo que nos dice el Directorio para el Diaconado Permanente en Colombia: “El Concilio Vaticano II, con la promulgación de la Constitución Dogmática” Lumen Gentium el 21 de noviembre de 1964, restauró el Diaconado Permanente en la Iglesia Occidental (L.G. 29). Este, sin embargo, se restablece con carácter optativo, dejando a las Conferencia Episcopales la competencia para juzgar su conveniencia y oportunidad y para solicitar a la Santa Sede la aprobación, en caso de adoptarlo” (1) De ahí, podemos decir, que la decisión para la restauración no deja de ser una recomendación que en última instancia son las Conferencias Episcopales quienes la asumen. A simple vista causa admiración que el Vaticano II habla por un lado, del diaconado como ministerio jerárquico, adorado con la “gracia sacramental” y por otro de conferir a las Conferencias Episcopales autoridad para “decidir si se cree oportuno”. La solución es lógica y no hay que buscar otra. En ese momento nadie tenia “experiencia de diaconado permanente”, solución que todavía tiene un peso fuerte en la Iglesia. Así se comprende porque muchas Conferencias no han solicitado a la Santa la instauración. Regresando al número 29 de L.G., debemos recordar que el diacono es definido bajo dos aspectos: Ser y Praxis. Constitutivos del Ser - Miembro de la Jerarquía (en el grado inferior). - Confortado con la gracia sacramental (por imposición de las manos) - Ministro del Pueblo de Dios El signo sacramental que convierte a un cristiano en diácono es la imposición de las manos “en orden al ministerio y no en orden al sacerdocio”, esto conlleva consigo algunos problemas de interpretación teológica.. Si el diácono se ordena para el ministerio exclusivamente, ésta excluido del sacerdocio ministerial, es decir de la función sacerdotal ministerial, no del sacerdocio común. Además no lo excluye de función presidencial cuando en nombre de Cristo y en momentos eclesiales preside la comunidad, especialmente en la Celebración de los Sacramentos que por derecho es ministro ordinario o cuando en nombre del Obispo y/o presbítero preside una diaconía (2). Al ser excluido de la “función sacerdotal ministerial”, el diácono no puede ni debe ser confundido con el Presbítero. El, por no tener el “poder de facturar” la Eucaristía es muy distinto en su Ser y su Que-hacer. Sin embargo, la exclusión de la función sacerdotal ministerial, no lo excluye de una cierta coparticipación “del sacerdocio ministerial”, cuando acompaña al Obispo o al Presbítero en la celebración Eucarística, momento privilegiado para la Iglesia porque es cuando la comunidad expresa en plenitud su ministerialidad, tanto jerárquica como de los otros ministerios. Otro aspecto que vale la pena resaltar es la participación en la gracia sacramental del Orden. De esta gracia sacramental se desprende el llamado “carácter sacramental”, por ello, el diácono, sin ser Obispo ni Presbítero, recibe este sello que lo hace miembro de la jerarquía con todas las derivantes teológico – jurídicas y pastorales (3). Constitutivos de su Praxis Ministro de la Liturgia Ministro de la Palabra Ministro de la Caridad Puebla nos recuerda que no debemos ver al diácono desde la óptica de lo pragmático (4). El diácono es jerarquía y desde allí sirve a la Iglesia porque tiene su misión y su ser en el misterio de la Iglesia. La Iglesia en muchos textos del Concilio es presentada como “Sacramento Universal de Salvación” (5). Como sacramento es signo e instrumento de la salvación en Cristo. Para llevar a cabo la salvación, la Iglesia adopta una acción pastoral y misionera que responda a las exigencia de los tiempos. Las exigencias también piden ministros capaces e idóneos. A ello apunta el número 16 de Ad Gentes. El diácono como los demás miembros de la Iglesia está llamado a responder desde su ser y ministerio a la transmisión de la Salvación operada por Cristo a través de la Iglesia. La realidad sacramental de la Iglesia, se ha dicho siempre, se expresa en una triple forma: la KOINONIA (Comunión), la DIAKONIA (Servicio) y la MARTIRIA (Testimonio) (6). En esta triple realidad sacramental eclesial, el diácono, como ministro del servicio diversificado debe hacer su vocación de servidor. Por tanto el Carisma de servicio diaconal en la Iglesia debe moverse en estas tres vertientes que constituyen parte integrante de la Misión en la Iglesia. Notas: (1) Directorio para el Diaconado Permanente en Colombia, No. 1 (2) Idimen, 31, 36 (3) C.I.C 288, 236, 281, 1031, 1032, 1037, S.D.O. 23 (4) Puebla 698 (5) L.G.1; G.S.42 (6) Y.M. Congar, “Tutti responsabili nella Chiesa?”, Leumann Torino, 1975, 54, 41-41
FECHA: 17 Y 24 DE DICIEMBRE DE 2002 EDICIÓN No: 33 Y 3 EL SER DEL DIACONO PERMANENTE POR: ALIRIO LOPEZ AGUILERA, Pbro. Miembro del Consejo
Para definir el ser del Diácono Permanente en la Familia es necesario preguntarse primero: qué es el Diaconado Permanente? Esta pregunta pretende lograr un acercamiento al ser mismo del Diácono y lo específico de su condición permanente. Al responderla, es necesario definirlo como sacramento, ubicarlo brevemente en el ámbito bíblico, canónico, del Magisterio y de la Tradición, precisar en qué consiste su ministerio, cual es su situación actual como “permanente” y cómo lo personifica el Diácono Permanente. Es un sacramento El Diaconado es el sacramento del Orden en el tercer grado, según se invoca al Espíritu Santo en la oración consagratoria (1). Por ser un sacramento, es una acción de Cristo y de la Iglesia (2) y más específicamente, “en el sentido teológico - eclesiástico-, implica una realización litúrgica” que “participa de la peculiaridad del concepto de vida” (39), de la cual Dios hace participe al hombre mediante la gracia. Como sacramento, está estrechamente relacionado con la íntima unión con Dios y con la unidad del género humano” (4), lo cual entronca con la tradición del “misterio” de la alianza de Dios, con su pueblo (5). El orden del Diaconado, conferido por la imposición de manos, constituye al elegido en “Ministro Sagrado” (6), para “servir al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la Palabra y de la caridad” (7). Tiene origen bíblico El Diaconado tiene su origen como ministerio en la institución de los Siete, narrada por los Hechos de los Apóstoles (8). Fue constituido para “servir a las mesas” (9) y debía ser ejercido por “hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría ” (10). Los Diáconos son evangelizadores de la Palabra de Dios y administradores del bautismo como se narra en Hch. 6, 10; 8,5 y 8,35 (11). En particular, los textos del capítulo 8 hacen referencia a Felipe, aunque Esteban ha sido mostrado por la Tradición como “el primero escogido por los Apóstoles para el ministerio”(San Ireneo) (12). De hecho su ministerio fue definido desde el comienzo como una “diakonía” (servicio). Hay algunas referencias más en los Hechos de los Apóstoles. Ya desde el comienzo se percibe su misión encaminada del culto (servicio a la mesas), al servicio caritativo a los pobres y al anuncio del Evangelio, del cual también eran testigos. Esta función ministerial es la que le asigna Lumen Gentium 29. Tiene una especificidad canónica El Diácono, al igual que en ritual de ordenación, es definido en el Código de Derecho Canónico como el tercer orden (13), con un carácter indeleble y “destinado a apacentar al Pueblo de Dios” según su propio grado, “desempeñando en Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir” (14). Como ya se ha anotado, el punto de comprensión de su ministerio pastoral es el conferido a su “propio grado”, que es distinto de los otros ordenes. El Derecho de la Iglesia da al Diaconado dos modalidades, como lo son el Diaconado transitorio y el Diaconado Permanente (15). El primero, desde su valor y sentido teológico autónomo, es además prerrequisito para el presbiterado. Al segundo se accede para permanecer en él de modo perpetuo (16), incluso, se confiere la posibilidad de permanecer en su ministerio a quien habiendo recibido el Diaconado de manera transitoria, desee permanecer en él (17). El derecho, por otra aparte, exime de los requisitos referentes al celibato a quienes acceden al Diaconado Permanente desde el estado matrimonial (18), lo mismo que de los requisitos del traje eclesiástico, el ejercicio de funciones propias del estado civil y manejo de asunto económicos (19). Estas prescripciones canónicas son importantes para este estudio, pues reflejan un estilo particular que la Iglesia desea darle al Diaconado Permanente, respecto de su cercanía al estado laical. Que el sacramento del orden vincula al Diácono Permanente al estado de clérigos (20), su espíritu es de una especial cercanía al estado laical, sin que esto implique eximirse de las obligaciones propias de la vida laical, como la obediencia al Obispo prometida en el rito de ordenación (21). Tiene especificaciones desde el Magisterio y la Tradición El Magisterio de la Iglesia, antiguamente a través de algunos Papas como San Clemente y algunos textos como la “Didascalia Apostolorum” del siglo XIII han especificado el sentido y el quehacer de la Vocación diaconal. Por otra parte, últimamente el Concilio Vaticano II ha tenido en cuenta la vida y misión de los Diáconos, al definirlos en L.G. 29 y considerarlos en otros textos conciliares (22). A esto se suman: “Ministeria Quaedam”. La Carta Apostólica “Ad Pascendum” de Paulo VI, por la que se establecen algunas normas relativas al sagrado orden del Diaconado y el Motu Propio “Sacrum Diaconatus Ordinem” para el establecimiento del Diaconado. Juan Pablo II ha hecho algunas intervenciones sobre el tema y en 1994 ha pronunciado 3 catequesis. En general el aporte del magisterio ha sido significativo, especificando su condición teológica, su misión y las prescripciones para su funcionamiento. En cuento a la Tradición Patrística, es realmente la fuente de riqueza teológica para definir el Diaconado en sí mismo. Su constante ha sido “La inserción de los Diáconos en el ministerio de la Iglesia, al lado de los Obispos” (23) y ha sido definido su ministerio como “consejeros del obispo” (Ignacio Mártir), “el oído, la boca, el corazón el alma del obispo” (Didascalia 1. II, 26, 3 - 7). Sacramentum Mundi, en el estudio del tema afirma que: “según el pensamiento constante de la Tradición el Diaconado se halla en la mitad de camino entre el sacerdocio oferente de los fieles y el sacerdocio santificador de los obispos y los presbíteros” (24). La tradición cuenta también con personajes que planifican estas definiciones como San Lorenzo en el S. III y San Efren en el S. IV.
FECHA: 28 DE ENERO DE 2003 EDICIÓN No: 35 QUEHACER DEL DIÁCONO PERMANENTE POR: ALIRIO LOPEZ AGUILERA, Pbro.Miembro del Consejo
De la triple realidad que nace de la Iglesia como Sacramento Universal de Salvación, a saber: KOINONIA, DIAKONIA Y MARTYRIA, la que expresa más fundamentalmente el SER del diácono permanente es la DIAKONIA, y no precisamente porque su nombre se identifique etimológicamente con la misma palabra, sino porque expresa la diaconia de la Iglesia. Así lo afirma el Directorio para el Diaconado Permanente en Colombia: “El término griego “DIAKONOS” (derivado de diakonia: servicio), es asumido por el Señor Jesús y por la comunidad cristiana como expresión del hombre nuevo, servidor de sus semejantes por el amor, especialmente expresa la autoridad de Cristo y de los Apóstoles que, en contraposición a los “jefes” que gobiernan las naciones como amos de ellas, no están para ser servidos sino para servir y dar su vida como precio de la salvación de muchos (Cfr. Mt. 20, 25 – 28) (1) Ser diácono en la Iglesia, es por tanto, ser SERVIDOR. Como servidor, el diácono tiene una tarea que Puebla la propone cuando habla de sus funciones y de su misión en la pastoral del Continente: “... Su conveniencia se desprende de una contribución eficaz que la Iglesia cumpla mejor su misión salvífica por medio de una mas adecuada atención a la tarea evangelizadora (2) De ahí que todo lo que el diácono, pueda realizar como SERVIDOS, es precisamente para que sea más eficaz la tarea evangelizadora de la Iglesia.
______________________________________________________ (1) Directorio Para el Diaconado Permanente en Colombia, No. 11 (2) Puebla No. 698
FECHA: 11 DE FEBRERO DE 2003 EDICIÓN No: 36 RASGOS VOCACIONALES
Por: ALBERTO OJALVO PRIETO, Pbro. DIRECTOR
1. La familia diaconal servidora de la Palabra: El Diácono Permanente y su familia debe desarrollar un compromiso con un proyecto de evangelización y catequesis, en su parroquia, o en su lugar de trabajo; ya que su misión y tarea es dar la Palabra como pan de vida ofreciéndola en la comunidad con entrega y dedicación. 2. La familia diaconal al servicio de la Caridad: Caridad que la compromete en cada prójimo a reconocer la persona de Jesucristo. El encuentro con el hombre, la mujer, el pobre y el necesitado; abre esperanzas de liberación para aquellos sujetos a designios misteriosos humanos y morales, esperando una palabra de aliento y un acto de caridad. El compromiso de cada uno de los candidatos al Diaconado en este campo debe ser ante todo orientado hacia una cultura de la Reconciliación y de la solidaridad. La parte caritativa es expresión de una Iglesia viva y comprometida con los más pobres. La caridad con los pobres y necesitados proyecta al diácono y a su familia a una nueva dimensión de compromiso eclesial. 3. La familia diaconal servidora de la gracia de los Sacramentos: Las funciones litúrgicas y sacramentales permiten al diácono y a su familia, animar su propia vida espiritual y de fe y ser testimonio visible para otros. Así la familia se convierte en un instrumento invaluable de salvación para la humanidad, y para el hombre en todos los momentos de la vida. FECHA: 25 DE FEBRERO DE 2003 EDICIÓN No: 37 ¿LA PASTORAL REALIZADA EN PAREJA DETERIORA LAS RELACIONES FAMILIARES?
Por: PADRE RODRIGO SÁNCHEZ GARCÍA Miembro del Consejo
En la experiencia del trabajo de pastoral familiar, y desde hace cuatros años que se dio comienzo al proyecto de pastoral “comunidad diaconal” propuesto por el Señor Obispo Agustín Otero, o.a.r.: he sido testigo de lo valioso en las relaciones cuando se realiza en familia. Alguien dijo “la familia cuando se cierra en sí misma se agota”, se destruye en cambio cuando se abre a los demás, más bien cuando se entrega por el bien de los otros se enriquece enormemente. La pastoral debe comenzar allí, en la familia, si queremos trabajar por la Iglesia, no es lo mismo cuando uno de los miembros (papá, mamá o un hijo o hija), trabaja solo en pastoral. Es que el amor es “entrega”, no se cierra, se da primero entre los dos, luego con los hijos y después con la comunidad abarcando finalmente a toda la familia. En muchos matrimonios al fallar uno de estos caminos se entra en “crisis” y si no se libera pronto se destruye. La familia del Diácono Permanente tiene un estado privilegiado, para enriquecer su vida matrimonial, a veces pensamos que al optar por este ministerio se va a deteriorar, al contrario, adquiere su mejor expresión. Pero es importante que toda la familia sea consciente de vivir el “amor de entrega”: cuando lo hace solamente el Candidato al Diaconado, afecta la relación. Significa entonces que se deben trazar muy bien los espacios respetando y reconociendo la “autonomía”, sin controlar las actividades que son de la autonomía del otro, se deben colocar objetivos básicos en la vida del hogar y tener proyectos comunes en la pastoral. Así se motivan las relaciones familiares y la comunicación será cada día más y mejor. La pastoral realizada en familia, como lo hemos visto en muchos Candidatos al Diaconado Permanente en las parroquias y en las veredas de la Calera, significa que se sigue entendiendo la vida como una aventura, un correr de los dos, en donde se acepta el riesgo de buscar algo mejor. Así no habrá rutina ni indiferencia. La vida de la familia Diaconal necesariamente tiene que tener este proyecto común, de “amar sirviendo”, cuando no existe surge la incomunicación y los deseos de realizar planes independientemente. La situación más grave es cuando el cónyuge no concibe el futuro con el otro, cuando no entra en sus planes pastorales. Aquí no sé esta diciendo que haya uniformidad en el comportamiento de los cónyuges, sino interpretación personal de una misma realidad en su vida familiar. Estos proyectos necesariamente necesitan de una formación, el saber colocar las prioridades en cada uno de los aspectos del “amor oblativo”, de darle cada uno al trabajo su tiempo, no en qué manera sino en qué grado de calidad. Mentiras ... entonces a los que afirman que la pastoral en familia acaba las relaciones, mentiras ... también cuando se afirma que los problemas económicos la deterioran. Si es un deber de todos vivir la vida cristiana como progreso en todo sentido, cuanto más enriquecedor vivirla en comunidad familiar. “Sed santos como mi Padre y Yo lo somos”. FECHA: 11 DE MARZO DE 2003 EDICIÓN No: 38 HACIA UNA ESPIRITUALIDAD DEL DIÁCONO PERMANENTE
POR: FRANCISCO LIZARAZO ARCHILA, Pbro.Miembro del Consejo
Cuando el aspirante al Diaconado Permanente, inicia su Escuela Diaconal, viene inmerso en una realidad de fe: “Su vocación universal a la santidad iniciada el día de su bautismo” (L.G. 40). Podríamos decir, que se le invita poco a poco a desarrollar propiamente una espiritualidad específica, que lo marcará al recibir la ordenación como Diácono: “El sacramento del Orden confiere a los diáconos una <nueva consagración a Dios>, mediante la cual han sido <consagrados por al unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo> al servicio del Pueblo de Dios... De aquí brota la espiritualidad diaconal, que tiene su fuente... en la gracia sacramental del diaconado... Como indica el mismo término diácono, lo que caracteriza el sentir íntimo y el querer de quién recibe el sacramento es el espíritu de servicio” (No. 44 del Directorio para el Ministerio y la Vida de los Diáconos Permanentes). Los medio que le ayudarán a prepararse para esta espiritualidad estarán jalonados por los ministerios que va recibiendo. Podríamos hablar del apostolado, como medio que debe servir para dejarse guiar “por el amor de Cristo hacia todos los hombres y no por los intereses personales o por las ideologías” ... recuérdese que la diaconía de la caridad conduce necesariamente a promover la comunión al interior de la Iglesia particular (No. 54). En conclusión, la espiritualidad propia del Diácono Permanente, le está dada por esa doble Sacramentalidad que ha recibido: El Matrimonio y el Orden. Así mismo se debe tener en cuenta que la espiritualidad del Buen Samaritano es el paradigma concreto de verdadera diaconía. Los diáconos son los que harán cada vez más creíble para los hombres de nuestro siglo, que vale la pena vivir el Evangelio de Jesucristo, proclamado en la Iglesia Católica, porque sus vidas son sabias e inteligentes. Es decir, que sean, como pidió el gran diácono: “luz del mundo y sal de la tierra”, que sean sobretodo, en la familia y para la familia, en el mundo y para el mundo, en la política y para la política; donde se sienta sobremanera, el perfume invisible de la unción que recibieron el día de la Ordenación y las gracias recibidas el día del Matrimonio.
FECHA: 25 DE MARZO DE 2003 EDICIÓN No: 39 REFLEXIÓN DE UNA ESPOSA SOBRE LA ESPIRITUALIDAD DIACONAL
POR: ISABEL CASTIBLANCO DE OLMOSEsposa del D. P. Germán Olmos El Diácono Permanente por la sagrada ordenación es constituido en la Iglesia icono vivo de Cristo Siervo. El eje de su vida espiritual será, pues, el servicio; su misión consistirá en hacerse día a día, servidor generoso y fiel de Dios y de los hombres, tomando como opción preferencial a los pobres y necesitados. De las virtudes evangélicas exigidas al diácono y que ocupan lugar relevante en esa profunda vida de la fe están: la oración, la piedad, el espíritu de humildad, la capacidad de obediencia, la comunión fraterna y el celo apostólico que junto con el servicio lo llevarán por el camino de la santidad al que hemos sido llamados. Las fuentes que alimentan ésta espiritualidad deben ser: la Eucaristía, la escucha y meditación de la Palabra de Dios y el reconocimiento de la acción del Espíritu en su vida de ministro y servidor de la Iglesia. La persona de Cristo será su horizonte, la fuerza poderosa que lo impulsa y el manantial inagotable de su sed espiritual. Las esposas de los diáconos estamos llamadas a vivir en una actitud de acompañamiento constante a nuestros esposos, a adquirir los rasgos propios de la espiritualidad diaconal, a llevarla a la cotidianidad de nuestros hogares y a buscar armonía entre el estado de vida y el ministerio de los diáconos. FECHA: 15 DE ABRIL DE 2003 EDICIÓN No: 41EL DIÁCONO PERMANENTE INSERTO EN EL MISTERIO PASCUAL
POR: EMILIO RAMÍREZ CORCHO Candidato III año
Los diáconos permanentes “confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad”[1]. Así, en cada semana Santa los diáconos permanentes tienen una gran tarea para realizar al lado de sus presbíteros, y en seguimiento fiel de las directrices pastorales de éstos y del Obispo. Por un lado, en el desempeño de la diaconía de la liturgia, deben participar en la preparación previa de todas las celebraciones litúrgicas que realiza el Pueblo de Dios en los días Santos, procurando siempre el facilitar el encuentro de los fieles con el Señor resucitado. Para ello debe permitir que el sentido profundo y último de cada celebración atraviese primero su corazón, mediante la meditación e interiorización de la Palabra que se proclama cada día y la comprensión profunda de cada signo y símbolo que conlleve cada celebración. Posteriormente, durante el desarrollo de las diferentes celebraciones, debe cumplir su papel cabalmente, entregándose a sí mismo a imagen de Cristo crucificado en cada tarea y momento, haciendo lo que le corresponde, con humildad y dedicación. Como anunciadores y proclamadores de la Buena Nueva, procuren los diáconos proclamar el Evangelio de cada día, leer las reflexiones y realizar las homilías, teniendo el Espíritu de aquel que los llamó al ministerio siempre presente en su corazón. Que no sea el diácono quien lea o proclame, sino que sea el Espíritu del Señor, teniendo al ministro ordenado como instrumento dócil y manso. Colaboren, así mismo, en la formación y animación de lectores, primero dando testimonio de si y luego instruyéndolos con amor y paciencia. También, deben los diáconos participar activamente en la redacción de comentarios y reflexiones, aportando generosamente desde su posición y con sus conocimientos y experiencia pastoral. En la caridad, los diáconos deben animar al Pueblo de Dios a dar ofrendas y a participar con generosidad de las campañas de comunicación cristiana de bienes, recordando que la solidaridad y el compartir son actitudes intrínsecas al cristiano. Así mismo, debe, en la medida de sus posibilidades, colocar a disposición del servicio los bienes que posea y que favorezcan la acción patronal en los días Santos. Por otro lado, el diácono debe ser un permanente animador dentro de su comunidad que suscite en sus hermanos una vida de oración continua. Con alegría, entusiasmo y mucha espiritualidad debe animar a su comunidad a participar en el oficio divino, en las piedades marianas, en el Via Crucis y a adorar y alabar, en Espíritu y en verdad (Cfr. Jn 4,23) al Señor en el Santísimo Sacramento de La Eucaristía. Finalmente, es importante recordar que todas las tareas anteriormente anotadas, deben ser desempeñadas por el diácono, antes que nada, en su Iglesia doméstica. Debe motivar, animar, trabajar para que su pequeño redil familiar salga al encuentro de Jesucristo vivo. Debe, además, procurar fortalecer la fe de los suyos mediante un anuncio claro y una catequesis continua acerca del misterio Pascual de Jesucristo. De esta forma, será el diácono y su familia quienes darán testimonio a un mundo necesitado y sediento de Dios.
[1] Constitución Dogmática Lumen Gentium, # 29
FECHA: 29 DE ABRIL DE 2003 EDICIÓN No: 42
“LLEVAMOS UN TESORO EN VASIJA DE BARRO”
Por: Padre Rodrigo Sánchez GarcíaMiembro del Consejo
Todo lo nuevo es desconcertante, pero la palabra del profeta Isaías es inspiradora. “Ahora dice el Señor a su pueblo; Ya no recuerdes el ayer, no pienses más en cosas del pasado, Yo voy hacer algo nuevo, y verás que ahora mismo va a aparecer”. Voy a abrir un camino en el desierto y ríos en la tierra estéril” (Isaías 43, 14 – 21). Dios siempre ha conducido la historia en el pasado; también hoy. Nos asustamos ante los nuevos retos de pastoral, frecuentemente nos quejamos. Hay que mirar hacia delante y fijar la vista en lo que Dios esta creando en nuestros días. Es la actitud esperanzada que nace de la confianza en Dios y en su promesa. En esta misma reflexión; es el preludio de nuestros diáconos permanente a la vida pastoral de nuestra Arquidiócesis “Voy a hacer algo nuevo”; claro que si aunque no para la Iglesia Universal si para nosotros los que vivimos en la ciudad y en la parte rural de nuestra arquidiócesis. “Voy a abrir un camino en el desierto”. Ciertamente nuestra cultura cristiana aparece como una frase sin contenido o una nostalgia estéril, en la medida que los valores cristianos no terminan por hacerse realidad. (Sínodo). Y en medio de todo esto nuestra Iglesia sigue siendo una institución que goza de credibilidad gracias a tanto Obispos, sacerdotes y laicos que han sembrado la acción de Dios en nuestra historia Arquidiocesana. “Llevamos este tesoro en recipientes de barro; (Rom 8.26) para que aparezca que una fuerza extraordinaria es de Dios y no de nosotros”. Los diáconos permanentes entran así a una Iglesia en marcha, para trabajar hombro a hombro con sus pastores, con los laicos en una pastoral que ya ha sido enrumbada y puesta en marcha en el plan global donde se construirá la Iglesia del Buen Samaritano que sabe dar la vida, acoger, acompañar, animar y entusiasmar; que se atreve a buscar la oveja perdida para acogerla con ternura sobre sus hombros y encaminarla de nuevo por la senda de la vida, una Iglesia sin miedo frente al futuro porque se sabe conducida por Dios. Plan Global de Pastoral donde todos en esta Iglesia Arquidiócesana encontramos el lugar, cada cual desde su vocación particular (Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos) sembrando en Reino de Dios. Por esto veremos a los diáconos permanentes creando comunidades Eclesiales en las parroquias, en los conjuntos residenciales, en los hospitales, cárceles, colegios, con los hermanos que vienen desplazados; en las Universidades, haciendo presencia de Dios en medio del dolor de los hermanos en los cementerios; acompañando las poblaciones rurales, mostrando la imagen de la Iglesia Arquidiocesana que no se queda encerrada en los templos sino que sale a buscar al otro con profunda alegría; sintiendo la necesidad de compartir la Buena Nueva, con actitud de diálogo frente al otro y dispuestos a aprender de lo valioso que hay en el otro. Así son y veremos a nuestros diáconos permanentes; por esto los sentimos hermanos: por esto descubrimos en ellos la acción de Dios que seguirá abriendo caminos en el desierto y ríos en tierra estéril como dice el profeta Isaías.
[1] Cfr. Pontifical Romano. Ordenación de diáconos, 21 2 Cfr. C.IC., 840 3 Cfr. Sacramentum Mundi. “Sacramento”, tomo 6, pgs. 164 - 165 4 Cfr. L.G.I,1 5 Cfr. Iniciación a la Práctica de la Teología Dogmática 2, pg 352. 6 Cfr. C.I.C.,1008. 7 Cfr. L.G., 29. 8 Cfr. Hch. 6, 1 - 7. 9 Cfr. Hch. 6,2. 10 Cfr. Hch. 6, 3 11 Cfr. Sacramentum Mundi” Tomo 2 Diaconado, pg. 254 12 Véase “Sacrum Diaconatus Ordines” de Paulo VI 13 C.I.C., 1009 14 C.I.C., 1008 15 Véase C.I.C., 1035 16 Véase C.I.C., 1036 17 Véase C.I.C., 1037 18 Véase C.I.C., 1042, 1. 19 Véase C.I.C., 288. 20 Véase C.I.C., 207 Y LA NOTA MARGINAL DEL CANON 1008 EN LA Edición de la BAC, pg. 486. 21 Véase Pontifical Romano, Ordenación de Diáconos, n. 16. 22 Véase: L.G. 28 y 41, D.V. 25, S.C. 35 y 68, A.G.16, O.E. 17, C.D. 15. 23 Cfr. “Sacramentum Mundi”, Tomo 2, Diaconado, pg. 254. 24 Op. Cit. Tomo 2, pg. 255. "DIACONOS EN MARCHA."El encuentro nacional de Diáconos permanentes realizados en días pasados en Bogotá, abre nuevos espacios de formación para la acción pastoral, para nosotros que fuimos los organizadores, como para todas las escuelas de diáconos en Colombia. El Diácono Permanente frente a la situación social de conflicto que vive nuestro país, se hace urgente una presencia más audaz, y más decidida en planes de evangelización, de catequesis, tener en mente la necesidad de crear pequeños grupos, o comunidades, de compartir fraterno y de comunión y participación en acciones conjuntas dentro del plan pastoral de la diócesis, de la zona pastoral y de la parroquia. Hoy el diácono permanente en la acción pastoral, es un formador de los laicos, quienes tienen estos la responsabilidad de hacer presencia de Iglesia, en la resolución de los conflictos y de situaciones sociales, familiares, y de grupos culturales, que requieren siempre del diálogo, del respeto en los valores fundamentales, y en la búsqueda de elementos comunes que nos une, más que mostrar las diferencias y las los abismos que separan los hombres de una misma región. El encuentro nacional, nos presentaba una dimensión maravillosa que los diáconos permanentes deben tener más sensibilidad social, a la luz de la Parábola del BUEN SAMARITANO, detenerse en la dimensión caritativa, pilar y razón de ser de la vida y ministerio diaconal, es allí donde en el encuentro con el hombre descubre y revela toda su dimensión de configuración con el Siervo, para tender la mano al necesitado, para buscar al abatido, y levantar al pobre en su dignidad de persona humana, defendiendo los derechos fundamentales del hombre. Al inicio de este nuevo año académico, en las escuelas debe haber una preocupación constante, en preguntarse para qué diáconos en la Iglesia?. Qué perfil requiere cada diócesis o cada región de diáconos permanentes?. Cuáles tienen que ser los énfasis de la formación humana, académica, espiritual y pastoral, que finalmente configuran con Cristo Siervo que los llama a una Vocación santa. En Bogotá, queremos darle a nuestra página Web, una dimensión de apertura y comunicación con diáconos de todas partes, y con candidatos en formación de todas las escuelas, para compartir experiencias y además resolver inquietudes en este camino de formación que nos compete a todos, poner un grano de arena en la formación integral de los futuros servidores de la acción pastoral. Desde esta Iglesia de Bogotá, con una experiencia relativamente corta, pero llena de elementos a compartir, quedamos abiertos a sus inquietudes, preguntas, necesidades y artículos que nos hagan conocer para dar la publicación respectiva. Alberto Ojalvo. Director.
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